Tres reyes magos… Dos reinas, en mi caso

Ayer en Facebook vi una imagen de que Los Reyes Magos no son tres sino dos…

En mi caso sí, también fueron dos, pero no se trataba de una pareja de hombre y mujer sino de dos reinas: la abuela maga y su hija, lo que ahora llaman despectivamente “mamá luchona” porque en verdad hacía maravillas para pagar ella sola la renta, y para pagar tooodo todo lo demás. En este contexto resulta que yo siempre fui una “bendición”, lo cual me hubiera encantado saber antes…

Claro que era mágico este día. Incluso cuando una vecina (que siempre lo negó) rompió mi ilusión cuando yo tenía como ocho años. Reconozco que como hija única fui de lo más pedínche, y tenía la idea de que tres Reyes Magos podían adquirir y cargar más juguetes que Santa Claus, que a fin de cuentas solo era uno. Y además Santa Claus ya era un adulto mayor, seguro tiene credencial del Insen y los triglicéridos altos con semejante panzón.

Ahora que leí los últimos tomos de El diario de Greg, me causó gracia que el pobre está buscando los dulces de Halloween por toda la casa sin lograr hallarlos. Algo así nos sucedía de niños: seguimos sin explicarnos dónde pasaban la noche las numerosas cajas de juguetes que de pronto aparecían bajo el arbolito de esferas rojas y escarcha plateada.

En mis tiempos los roles de género estaban más que definidos. Una navidad que pasamos en Ticomán en casa de mi tía Tere, a mi primo Omar le trajeron su pista de Hot Wheels, y a mí unas cajas de monitos de Playmóbil (¿todavía existen?).

-¿Y a mí por qué no me trajeron carritos?
-Pues porque tú eres niña -contestó mi tía Tere.
Y resultaba muy lógico.

La mayoría de las fiestas la pasamos en el departamento cerca de Robles Domínguez y Misterios. Santa Claus sí llega a Ciudad de México, no como sucede aquí en León.

Y es verdad que tanto Santa como los tres reyes magos me trajeron cuanto producto vi en la tele ochentera: mi Rainbow Brite, un Nenuco que era hijo de un cazafantasma, el juego de química que habré usado una vez y con que mi primo hacia explotar los tubos de ensayo. El gira pintando, los pin y pon originales, unas joyas con muñequitas escondidas que se llamaban Sweet Secrets.

El departamento era de dos recámaras y media. Me parece que fue en nuestro último año ahí que busqué en cada metro cuadrado sin encontrar nada. La flamante bicicleta nueva estaba justo en mi cara, en la recámara de mi abuela, pero no la vi hasta que mi mamá la señaló. Nos fuimos al parque y me hice una de tantas clásicas cicatrices en las rodillas aprendiendo a montar bajo las indicaciones de mi mamá y de mi abuela. Ahora dice mi jefa que en realidad ni la usé, pero considerando dónde vivíamos, seguro me habrían robado la bici de haber salido yo sola.

Dicen que si en vez de mis dos reinas Magas hubiera crecido con dos Reyes Magos casados, ni medio juguete me hubieran dado debido a la religión imperante. Así estuve bien.

Desde que nació mi hija, una de las primeras discusiones con Héctor fue si acaso íbamos a perpetuar la tradición de Santa Claus y los Tres Reyes Magos. Al principio dijimos que no, pero la carita de ilusión de Aranza lo dijo todo el día de ayer. Prefiero que sea una niña que crea en la magia, que una pequeña adulta consciente del desempleo y de la devaluación. Dejen que los niños sean niños, y que ya cuando sean adultos se maravillen de los fantásticos administradores que fueron sus padres, sus abuelas y madres. Dejen de estar de amargados compartiendo textos donde aclaran “verdades” con que se creen ingeniosos.

Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez

De vez en cuando reapareces. Esperas a que esté distraída, me acechas como un recorte amarillo que no sé de dónde saqué y entonces reapareces, sólo en ciertas ocasiones, precisamente cuando creo ya no extrañarte, me acompañas por breves instantes y de inmediato te disuelves, te haces espuma callada... Puede que siempre estés ahí y yo ni siquiera te note.

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