Saúl Ibargoyen: La musa en rojo

Saúl Ibargoyen: La musa en rojo

Nunca he sido buena estudiante. Y en la Escuela de Escritores de Sogem Coyoacán no fui la excepción.

Entré al Diplomado en Creación Literaria a los veintiséis años, una edad en la que interesan más otras cosas como son el sexo, el alcohol, y el sexo pasajero bajo los efectos del alcohol. En general le echaba ganitas al final del semestre para entregar las tareas y obtener buena calificación, pero hubo materias en las que a duras penas hice “acto de presencia estelar”.

Una de esas clases fue la del poeta Saúl Ibargoyen. Era tercer semestre y yo siempre andaba corriendo, tarde para todas partes, y ya ni recuerdo el verdadero motivo pues, hoy lo agradezco, la mayoría de mis recuerdos malos y buenos se perdieron entre nubes de tormenta que cumplieron su cometido de hacerme olvidar. No sé si aún trabajaba en casa corrigiendo libros de cierta editorial importante, y hace siglos se diluyó ese chico prescindible que usaba más maquillaje que yo.

A la clase de Saúl siempre llegué tarde, no sé si porque andaba perdida con el noviecito de tres meses, o por la nube rosa con que trataba de ahuyentar mi depresión. Saúl era amable y siempre me permitió pasar.

Lo que más recuerdo de él fue la comida de cumpleaños de una compañera. Me tocó sentarme a su lado en la mesa, y mientras yo brindaba sin preocupación por el porvenir, noté que Saúl bebía agua. Solo agua. Le pregunté al respecto, y comenzó a platicarme de su lucha contra el alcohol. En internet descubrí que incluso escribió una novela que a la fecha no he logrado encontrar.

Lo que Saúl más recordó de mí fue el vestido que usé en la graduación: un precioso Ted Kenton que me costó seiscientos pesos y que un menso me arruinó. Días después el profesor me envió un correo con su poema “Musa en rojo”, dedicado al seudónimo con que yo firmaba cuando aún no me gustaba mi nombre. Tras unas semanas me escribió para disculparse porque la editorial omitió la dedicatoria por error.

Durante once años nos enviamos algún correo de vez en vez. También lo encontré en Facebook, pero dijo que prefería el correo electrónico porque los ojos no le daban para más. Era amable y romántico, muy agradable, de esas personas que te hacen soñar cuando encadenan las palabras.

De aquellos días recuerdo poco, pero a Saúl lo recuerdo porque él también me recordó.

Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez

De vez en cuando reapareces. Esperas a que esté distraída, me acechas como un recorte amarillo que no sé de dónde saqué y entonces reapareces, sólo en ciertas ocasiones, precisamente cuando creo ya no extrañarte, me acompañas por breves instantes y de inmediato te disuelves, te haces espuma callada... Puede que siempre estés ahí y yo ni siquiera te note.

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