ANSIEDAD

Ansiedad – Jéssica de la Portilla Montaño.

ANSIEDAD

Daría lo que fuera, lo mucho o lo poco que tengo, lo que aún me queda con tal de que me consueles una vez más, con tal de poder recurrir a ti cada que necesito una salida que otros tachan de sencilla, una simple forma de olvidar que se supone que ya maduré, que ahora sí tengo responsabilidad que cumplir.

Sólo desearía elegir una vez más cómo es que quiero caer y con qué, el arma que utilizaré para seguir mutilando mis entrañas y también mi cabeza. ¿Por qué de pronto es tan complicado hacer lo que debo, y no lo que necesite para fingir no sentir?

Quisiera perder el sentido del tacto. Ansiedad.
Ahora es cuando extraño esa única mañana o tarde en que desperté de anestesia: no recuerdo si acaso soñé, pero sí que fue lindo no saber dónde estaba ni quién era. A veces extraño el derecho a estar deprimida y sin esperanza, llorar porque pasa una mosca y porque tengo que matarla para que nadie más lo haga.
Quisiera tanto tenerte de nuevo en una cajita secreta, poder mirarte y que la boca se me haga agua porque no quiero tocar, no porque de antemano sé bien que de nuevo echarás a perder mis esfuerzos de ser una persona normal, de ser quien no dependa de nada ni nadie. En cuanto te desaparezco reniego de ti, yo misma soy quien tira a la basura tus pocos restos que guardé para devorar cuando en serio en serio me hicieras falta, para atascarme otra vez hasta perder la razón. Ansiedad.
Yo que rogué volverme loca porque creí que era mejor que sentirme así, Dios, mi “distimia de adolescente” que me sirvió para tres cosas. ¿Por qué carajos comencé a escribir sobre esto si lo que menos deseo es recordar?
Claro que te agradezco por haber hecho humo los últimos diez años o más, ya no sé, hay miles de sucesos difusos que se perdieron en alguna zona de mi neblina mental. ¿Qué caso tiene hacer nada si nuevamente llegaré a este punto en que quisiera no ser, no estar, morirme una semana como decía Sabines?
Y sé que justo es ahora cuando debo ser fuerte y no dejarme llevar por el ansia que aún me provocas tú y todo lo que se parezca a ti. Da igual, simplemente da igual porque quiero buscarte cuando estoy triste o porque tengo algo que celebrar, porque quiero aventar el mucho o poco dinero que tenga con tal de sobornarte, con tal de que ya no me dañes y que todo sea como antes, cuando comencé. Nunca creí que se cumplirían las nefastas profecías ajenas, que en verdad ibas a resultarme peor que mi enfermedad; nunca creí que esas obvias verdades son negadas sólo por quienes no saben lo que es estar en el fondo del agujero y con ganas de que te caiga el piano de la caricatura Acme.
Poco a poco comprendo (¿ya para qué?) que mi necedad de ti es una idea que yo solita creé, me tragué una mitología donde eres algo milagroso que me curará de cualquier mal pero no, no fue así. Han sido al menos ya seis veces en que no la veía llegar y sin embargo estoy aquí, lamentando pendejadas como el no ser valiente, lamentando cada una de mis quejas siendo que existen otros más jodidos y con más mierda irreversible que cargar. ¿Cuántos años llevo ya tratando de superarte, de hacerme la ilusión de que no fuiste más que alegría artificial que no pude atrapar para mí?
Sólo debo dejar que transcurran veintisiete horas, sobrevivir día tras día agradeciendo porque puedo abrir los ojos aunque vea borroso entre lágrimas idiotas. Mientras seguiré riendo anónimamente de quienes caen en tu misma trampa, de quienes no escarmienten en cabeza ajena habiendo cientos de películas que hablan de que sólo hace falta pisar una cárcel, maldita sea por siempre mi obsesión de ti. Sólo la cárcel y una tumba sin lápida para que nadie se burle porque terminé ahí, como antes tanto soñé.
¿Por qué son tan críticos los primeros días, los primeros meses? Ni siquiera eres tú, hace tiempo me di cuenta de que sólo me gustas durante un tiempo límite. Ya me da igual si te sustituyo y froto la primera lámpara de Aladino que aparezca frente a mí. Nunca tuviste sentido, sólo desperdicié mi tiempo acosándote, googleando información sobre ti cuando ya la sabía de memoria. Por eso espero no volver a abrir mis venas para encajarte a la fuerza, aunque no me atreva jamás a desgarrarlas de nuevo por más berrinches insoportables que haga.
Yo que te elegí por sobre todas las cosas, carajo, yo que dejé mi vida por un objeto inanimado que olvidó su alma para que yo me perdiera en esta ansiedad cuesta abajo que no termina, no termina…

Publicado por

Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez

De vez en cuando reapareces. Esperas a que esté distraída, me acechas como un recorte amarillo que no sé de dónde saqué y entonces reapareces, sólo en ciertas ocasiones, precisamente cuando creo ya no extrañarte, me acompañas por breves instantes y de inmediato te disuelves, te haces espuma callada... Puede que siempre estés ahí y yo ni siquiera te note.

Deja un comentario