Cicatrices del corazón: La playera se queda. Jameson Rich

Cicatrices del corazón: La playera se queda

Jameson Rich
Amor Moderno
The New York Times

Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

“¿Te vas a quitar la ropa?”, preguntó, sus dedos jalando las orillas de mi playera. No fue sexy la forma en que lo dijo; ninguna sonrisa pervertida o suave arrullo vino con sus palabras, sólo frustración.

Las luces del techo estaban apagadas, pero yo sabía que la estrecha luz que se derramaba de la lámpara en mi buró sería suficiente para que ella viera las pálidas marcas rojas en mi pecho, las cuales se habían estado desvaneciendo por tanto tiempo y que ahora volvían a ser brillantes.

Nadie me había hecho esa pregunta tan directamente. Cuando se trata de quedarme con mi playera, siempre me he salido con la mía haciéndome el tonto o atribuyéndolo al apresuramiento de la pasión.

“Tengo cicatrices”, me las arreglé para decir, tan francamente como pude.

Nací con un raro defecto cardiaco para el cual no hay cura, sólo una serie de paliativos y medidas a medias. Había tenido cuatro cirugías de corazón abierto a la edad de quince años, así como decenas de procedimientos menos invasivos, y voy en mi cuarto marcapasos.

Ahora, a los veintitrés, he pasado casi veinte mil horas de mi joven vida dentro de paredes de hospital. Por muchos años no fui lo suficientemente saludable para salir del hospital por más de unas cuantas semanas a la vez.

Estas cirugías habían dejado muchas cicatrices. Una pasa a través de mi clavícula derecha en una diagonal, la entrada para mi segundo marcapasos a la edad de doce, luego de que la batería de la primera murió tan abruptamente que mi madre recibió un mensaje de correo de voz mientras estaba en el automóvil que decía: “Necesitas venir. El dispositivo de Jameson está en modo fin-de-vida”.

Dos cicatrices más corren horizontalmente a través de mi abdomen. La de la izquierda fue cortada tan precipitadamente que creó una bolsa con relleno de piel encima. Luego está la atracción principal: una línea de treinta centímetros de largo que se estrecha desde el medio de mis clavículas a sólo unos pocos centímetros arriba de mi ombligo.

Esta ha sido cortada tantas veces por herramientas quirúrgicas rodando sobre ella una y otra vez, como un cortador de pizza, que distintas secciones han tomado diferentes colores, texturas y grosores.

La parte de abajo es rojo brillante, dispareja y fea. La tercera de arriba es una línea más derecha y, no habiendo sido molestada en años, más pálida que el resto. Pronto seré capaz de usar un cuello en v sin que sea detectada.

Pero esto no era todo. Estaban las estrías, también, causadas por la forma en que mi abdomen se infló con líquidos sin digerir (una especie de panza cervecera causada por insuficiencia cardiaca) que fueron vaciados cada día a través de diuréticos y drenaje de fluido regular.

Y también estaba el terrón justo arriba de mi cadera derecha, una caverna negra del tamaño de mi dedo de cuando me colocaron un tubo para vaciar mi estómago de desechos.

“Esto va a cerrar del todo en aproximadamente un mes”, dijo la enfermera el día en que fue retirado. No fue así. “Tal vez tome algunos meses”. Nada todavía. “Va a cerrar por sí mismo eventualmente”. Nunca lo hizo.

Cuando estaba libre y en su estado natural, el tubo colgaba hacia abajo por mi cintura y jalaba dolorosamente la piel de donde venía, así que cada mañana lo empacaba en una elaborada construcción de gasa y cinta para mantenerlo asegurado a mi piel.

Tenía ese tubo durante mi primer año de universidad cuando conocí a la primera chica que besé, quien luego se convirtió en la primera chica con la que me enrollé de forma consistente -pero nunca sin la playera.

Mi primer beso fue un reto. Estaba sentado con amigos en el piso alfombrado de un dormitorio. Habíamos estado bebiendo cerveza y Smirnoff Ice, y mi cabeza daba vueltas. Mi debil hígado y mi corazón roto no podían procesar y redistribuir correctamente la sangre en el fluido corporal, es decir, seguro que no podía procesar el alcohol eficientemente.

Apenas pestañeé cuando alguien en la habitación sugirió un juego de verdad o reto, sabiendo que cuando fuera mi turno escogería verdad, como siempre. Pero nunca alcancé a llegar. Becky eligió una chica, y la chica eligió reto. Y pronto el dedo de Becky estaba escaneando la habitación como un radar, ordenando, “Te reto a que beses – – -“.

Cicatrices del corazón: La playera se queda
Cicatrices del corazón: La playera se queda

Su movimiento se volvió lento, deteniéndose en la gente conforme su dedo pasaba.

La chica se contrajo de dolor cuando el dedo de Becky finalmente se detuvo en mí, y luego se encogió de hombros.

No dije nada, instalado contra el vestidor detrás de mí. Pensé mencionar que este beso, a los 18 años, sería mi primero, pero sabía que anunciar eso sería peor que tan sólo dejar que sucediera.

Ella se arrastró y cayó hacia delante, casi comenzando el beso antes de que aterrizara. Sus labios cerrados alrededor de los míos como paréntesis, tocándose pero sin conectar.

Pasamos las siguientes semanas reuniéndonos en huecos de escalera, escondiéndonos debajo de cubiertas, escapándonos y guardando nuestro secreto de amigos -todo mientras rara vez hablábamos, más bien nos tocábamos, pero nunca conectando.

Cuando terminó (ambos sentados en la orilla de la fuente en Washington Square Park, mirando hacia delante), no puede admitir ante mí mismo que ese sentimiento en la boca del estómago era de alivio. Alivio de que no llegamos lo suficientemente lejos para tener que mostrarle a ella todo. Vio un diez por ciento, y eso era suficiente. Ella nunca vio la cicatrices. Ella sabía incluso menos sobre lo que significaban.

Me ha tomado tiempo, casi la mayor parte de mis 23 años, aprender qué tanto decir, a quién contar, qué mostrar de mí. He aprendido exactamente cómo a mucha gente le importa saber y lo que les importa saber y qué tanto les importa.

La primera vez que le digo a la gente sobre mi diagnóstico, usualmente obtengo una ráfaga de preguntas y luego se contienen y dicen: “Espero que no te importe que pregunte. No tenemos que hablar sobre ello si no quieres”.

“Está bien”, digo. Hablaremos al respecto hasta que ya no quieras.

No es que la gente pierda interés; es que siempre se llega a un punto en que necesitamos avanzar y hablar normalmente sobre cosas normales para que el balance de nuestra conversación pueda igualarse.

Pero algo sobre mis cicatrices se siente más valioso. Casi durante toda la niñez cargué un poco de peso extra, mayormente en el vientre, y cada año cuando el verano llegaba siempre encontraba formas de mantener mi playera puesta en el caluroso sol de la playa o en la piscina o de vacaciones o en fiestas.

Le decía a mis padres que era por las cicatrices (porque en realidad estaba avergonzado por el peso), y después les dije que era por el peso (porque en realidad estaba avergonzado por las cicatrices).

La cosa sobre el lado físico es que puedo hablar todo lo que quieras sobre lo que he pasado, cómo se siente crecer con una enfermedad crónica y no saber nada más -con la ciencia y los diagnósticos y las fechas y todo lo que puede ser medido.

Pero las cortadas desvanecidas y agujeros y líneas que salpican mi cuerpo son lo más cercano que puedo llegar a una prueba. Eventualmente, las cicatrices se desvanecerán. Pero no puedes regresar a la piel sin cortar.

Y me las he ganado. Así que tal vez una parte de mí cree que verlas es algo que necesitas ganar. Te las mostraré cuando sepa que te importarán. Te las mostraré cuando quiera que veas todas mis cicatrices, tanto por encima como por debajo de la superficie.

Nunca he estado enamorado. He sentido algo parecido. He amado a la gente, pero nunca he estado en amor mutuo. Nunca jamás he estado en una relación, nunca he llamado mío a alguien y nadie me ha llamado suyo.

Nunca he encontrado a alguien que se preocupe lo suficiente para sostener mi mano en salas de espera o para escuchar sobre las peores partes de todo, sobre todas las primeras veces que nunca he experimentado, o lo que recordaba sobre no saber besar.

Pero como muchas personas en sus veinte, me he encontrado en camas envuelto alrededor de gente que no conozco muy bien, compartiendo nuestros cuerpos antes de que hayamos compartido mucho más. Así que mientras todavía estoy tratando de descubrirlo, a veces tengo que improvisar.

Como con la chica que actuó frustrada sobre no quitarme la playera. La conocí en Tinder. Estaba en la ciudad por solamente un mes, visitando Nueva York en su descanso de la universidad. Hablamos por algunos días en línea antes de conocernos para beber y finalmente terminar atrás en mi departamento.

Luego de besarnos durante veinte minutos, se alejó y me miró en la tenue luz que venía de la esquina de mi habitación. Y ahí fue cuando ella dijo: “¿No te vas a quitar la ropa?”.

Sabía que ella sería capaz de ver más de lo que ya estaba listo para mostrar. “Tengo cicatrices”.

Ella sólo parpadeó.

"¿Y?".

Partidos políticos: Comienza el 2018 en México (I). ¿Por quién votar?

Partidos políticos: Comienza el 2018 en México (I)

Por: Jéssica de la Portilla Montaño.

Publicado en la Revista delatripa 30.

Partidos Políticos, Revista delatripa, Jéssica de la Portilla Montaño, La Niña TodoMePasa dice
Partidos Políticos, Revista delatripa, Jéssica de la Portilla Montaño, La Niña TodoMePasa dice.

 

La salida de Luis Videgaray Caso del gabinete de Peña Nieto ha provocado nuevas especulaciones sobre el posible delfín prísta de cara al 2018.

Previo a los eternos plantones y marchas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en contra de la publicitada reforma en la materia, analistas nacionales y extranjeros (del New York Times, por ejemplo) señalaban a Aurelio Nuño Mayer como el posible candidato a aparecer en las boletas electorales.

Ante el fracaso del diálogo con la Secretaría de Educación Pública, Miguel Ángel Osorio Chong recuperó su papel protagónico como el mediador ‘multiusos’ de la Secretaría de Gobernación, alguien capaz de lograr acuerdos con grupos subversivos como las autodefensas de Michoacán.

Partidos políticos: Miguel Ángel Osorio Chongo, Secretaría de Gobernación./Fotos: Agencia Reforma
Partidos políticos: Miguel Ángel Osorio Chongo, Secretaría de Gobernación./Fotos: Agencia Reforma

Antes de descartar en definitiva al hombre clave del peñanietismo, habrá que ver en dónde logra colocarse -o colarse- Luis Videgaray durante los siguientes dos años: iniciativa privada o coordinador de la campaña priísta en el Estado de México… Su única opción tras la fracasada visita de Donald Trump al país es irse a descansar un rato a su famosa casita de Higa en el municipio de Malinalco. Según F. Bartolomé, quien escribe Templo Mayor en el periódico Reforma, Videgaray sigue muy activo dando sus opiniones en Presidencia de la República, aunque ahora por debajo del agua.

Para el Partido Acción Nacional el panorama no está definido. Si bien el 5 de junio arrebataron gubernaturas y alcaldías que el Revolucionario Institucional encabezaba por tradición, su lista de posibles candidatos es más bien escueta.

Partidos políticos: Margarita Zavala de Calderón.
Partidos políticos: Margarita Zavala de Calderón.
El nombre más mencionado pertenece a Margarita Zavala, quien ostenta el dudoso título nobiliario de “señora de Calderón” y que años atrás fue Primera Dama de México.

Una aspirante a Hillary Clinton nivel local. Fue titular del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), como lo han sido todas las consortes de turno de la figura presidencial. Antes de ser la sobria o más bien opaca Primera Dama, tuvo algunos cargos políticos dentro de Acción Nacional, como el liderar la Dirección Jurídica del Comité Ejecutivo Nacional y la Secretaría Nacional de Promoción Política de la Mujer de 1999 a 2003. De 1994 a 1997 fue diputada local en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, y de 2003 a 2006 fue diputada federal por representación proporcional. Se dice que orquestó la persecución contra cierta ex subsecretaria de Estado por algo así como un lío de faldas. Lo más relevante que se ha mencionado de ella en los últimos meses es que 1) no quiso rendir su declaración 3de3, y 2) está dispuesta a lanzarse como candidata independiente si es que el PAN no la abandera.

Continuará.

Modern love: ¿Para qué es un hombre?

Modern Love: ¿Para qué es un hombre?

Karen Rinaldi
Modern Love (Amor Moderno)
The New York Times
Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

Para el momento en que tenía treinta y tres años, ya había estado casada y divorciada dos veces. No había arrepentimientos. Amé a cada hombre con que me casé y aún tenía gran afecto por ellos, a pesar de que el final de cada unión vino con su propio dolor.

Mi primer matrimonio se vino abajo cuando la lucha de mi esposo por su identidad sexual se manifestó en mentiras que erosionaron mi confianza y finalmente terminaron con su vida.

Eran los primeros días de la epidemia del sida. Cuando descubrió que era VIH positivo, me mintió sobre su vida secreta con hombres anónimos y culpó a un ex novio por su infección.

Admitió la verdad sólo después de que recibí la buena noticia de que yo había salido negativa. Él fue examinado cada seis meses por los siguientes dos años y vivió con el terror de que yo me pudiera seroconvertir. Nos divorciamos, pero me pidió ser la guardiana de su torturado secreto, y permanecimos cercanos hasta el día que murió justo antes de su cumpleaños treinta y tres.

Me casé con mi segundo esposo después de solamente una cita. Había estado tan equivocada sobre mi primer matrimonio que me pregunté: ¿Qué pasaría si me caso con alguien que no conozco?

Estaba poniendo a prueba el universo.

Era guapo, fuerte, comprometido y divertido. Pero luego de unos cuantos años de citas retrospectivas (nos casamos sin saber sobre el otro y pasamos los siguientes tres años volviéndonos familiares e íntimos), me di cuenta de que no podía vivir con él. Era posesivo, y mi necesidad de libertad no servía para un matrimonio seguro. Se refería a mí como “mi esposa” incluso al hablar con mi propio padre.

Entre estos dos matrimonios, cohabité con otros dos hombres y tuve citas con otros. Una monógama serial, encontré que en todo momento estaba constreñida por problemas de, bueno, machismo. Había un tipo de dominancia inherente que inclinaba la balanza de poder lejos de mí, y a menudo sentía que estaba jugando un papel.

El dinero era a menudo un factor en esas tempranas relaciones, y eventualmente llegué a creer en estas inexpugnables verdades:

Uno. Si el hombre hacía más dinero, entonces tienes que hacer las cosas a su modo.

Dos. Si él estaba quebrado, resentía tu habilidad de apoyarlo.

Tres. Si había una paridad económica, él se aseguraba de que tú supieras quién era realmente el jefe.

En una ocasión, cuando estaba terminando con un novio de mucho tiempo, mi terapeuta preguntó por qué estaba ansiosa. “¿Es porque tienes miedo de estar sola?”, preguntó.

“No”, le dije. “Es lo opuesto. Estoy asustada de que terminemos y que habrá otro justo detrás de él”.

Mi madre trató de entenderlo también. “¿Por qué has tenido tantas relaciones fallidas?”, preguntó.

“Tú las ves como fallidas”, le dije. “Yo las veo como exitosas, pero finitas”.

Fue la parte de finitas la que se sentía más correcta. Ella había estado casada con mi padre durante sesenta años, lo cual algunos llamarían exitoso. Mientras que amo a mis padres cariñosamente y respeto su aguante, no quisiera repetir su dinámica.

Durante toda una vida ella tuvo miedo de que la engañara. Él monitoreó todos sus gastos. Él tenía una vida social fuera de casa. Ella no hacía nada sin él. Su matrimonio estaba basado en un antiguo patriarcado, y no parecían ver nada incorrecto en ello. Deseé no vivir mi vida de forma similar.

Una vez que mi segundo esposo se fue, estuve resuelta a nunca casarme otra vez. Me compré una anhelada banda de oro con zafiros de mi joyería favorita, que puse en mi dedo del anillo izquierdo y uso hasta este día.

Apreciaba vivir sola en mi departamento-villa; los amantes podían venir e irse cuando gustaran. No había horarios o egos para contender. Estaba feliz. Resuelta a solamente tener hijos, necesitaba un plan.

Ya me mantenía sola. Calculé que podría arreglármelas también con un niño, así que la idea de ser provista era discutible. Además, prefería tener mi propio dinero y por ende mi propia voluntad.

Modern Love (Amor Moderno) - ¿Para qué es un hombre? - The New York Times
Modern Love (Amor Moderno) – ¿Para qué es un hombre? – The New York Times

La noción de protección no era solamente anticuada e innecesaria, era una idea que había fallado más de lo que había sido exitosa, tanto histórica -los hombres realmente nunca han sido capaces de proteger a la mujer de otros hombres- como personalmente. Sobre procreación, necesitaba un segundo gameto y estaría camino a mi maternidad.

Llamé a una amiga y pregunté: “¿Para qué es un hombre realmente? Si no para proveer, proteger o procrear, ¿por qué los necesitamos? Enfréntalo, es el final de los hombres”.

Se rió y admitió que era un tiempo confuso. Luego de muchas conversaciones largas con ella, decidí concebir con un deseoso amigo gay y me comprometí a ser una madre soltera. En la única pregunta que él y yo tuvimos que decidir fue: ¿Lo hacemos a la vieja, pasada de moda, usanza?

Como la vida no sucede de acuerdo al plan, entonces me enamoré -más que inconvenientemente- de un hombre que estaba casado y tenía familia. Habíamos crecido cercanos como confidentes. Como amigo, me dijo sobre los problemas en su matrimonio y las dificultades en su carrera como escritor. Le hablé sobre mi frustración con la convivencia en pareja y mis planes para ser madre sola.

Inicialmente su matrimonio era una barrera bienvenida contra la posibilidad de una relación romántica. Una vez que nos convertimos en amantes, me dijo que no quería que tuviera un hijo con mi amigo gay. En lugar de eso, quería que tuviera un hijo con él y compartir nuestras vidas. Una aventura a la que yo había entrado alegremente se había vuelto confusa y emocionalmente agitada.

Eso no debió haber sido una sorpresa: ¿qué aventura no es confusa y emocionalmente agitada? Pero destrozaba mi sentido de certidumbre sobre lo que yo quería. Finalmente había agitado los lazos de convención que fui criada para aceptar. Ahora esto.

Mi padre interrumpió en esta ocasión y preguntó: “¿Por qué haces tu vida tan complicada?”.

Sólo objeté a la palabra “hacer”. No estaba intentando complicar las cosas; estaba intentando simplificarlas descifrando algo esencial que me eludía. ¿Para qué necesitaba a un hombre?

Claramente yo seguía regresando a esa fuerte atracción, una que no podía razonar a distancia. ¿Era una urgencia atávica? ¿Un imperativo evolucionario? No me creía nada de eso.

Aún así, mi atracción por los hombres y mi deseo por una conexión más profunda con un compañero era tan inevitable como mi necesidad de respirar. Amaba vivir la vida siguiendo mi propia brújula, y de pronto, de alguna forma, esto me había enredado en una relación monógama otra vez, una con consecuencias mayores.

Aún tenía dudas de que mujeres y hombres pudieran vivir juntos en algo parecido a la armonía. Teníamos un largo camino que recorrer para volvernos iguales, tanto en el mundo y en el hogar.

Y las implicaciones históricas y políticas eran personales para mí. Estaba segura de tres cosas: no quería un marido, quería un hijo, y no estaba segura cómo todo esto se apilaba.

Veinte años y dos niños después, aún estoy con ese mismo hombre. No lo necesito, pero lo quiero en mi vida. No me protege de otros, sólo de mis peores instintos. Y sobre procreación, bueno, lo hicimos de la vieja forma anticuada y eso nunca cansa. Cuando le hice prometer que nunca me propondría matrimonio, dijo: “O.K…”.

Irónicamente, tras seis o siete años de relación, nuestro contador nos persuadió de dirigirnos al ayuntamiento. Casarnos nos permitiría captar los beneficios sobre impuestos que el matrimonio confiere.

Mi esposo y yo todavía no conocemos el año y la fecha de nuestra ceremonia civil sin consultar nuestro certificado de matrimonio, donde sea que se encuentre.

Hemos compartido las alegrías de criar a nuestros dos hijos y a sus dos hijas con balance y gracia -excepto, por supuesto, cuando hemos fallado en encontrar ya sea balance o gracia. Pero hemos salido del paso de algún modo.

Voy al trabajo cada día y él se queda en casa para escribir. Se encarga de la ropa y cocina durante la semana. Yo hago lo mismo los fines de semana. Él se encarga de nuestro hogar. Yo pago las facturas.

Él está confortable con su masculinidad y no necesita recordarme quién es el jefe, porque en nuestra relación no hay uno. Nuestras vidas están compartidas a cada nivel y ahora me doy cuenta para qué es un hombre.

Él es un verdadero compañero. Es un amante y un amigo. Es el padre de mis hijos y el único en el mundo que se preocupa de las minucias de sus vidas como yo hago.

¿Qué podría ser mejor que eso?

 

Leer en inglés: Modern Love – What is a man for? 

Prueba de estrés del amor – Modern Love (Amor moderno)

Poniendo el amor a prueba de estrés

Jasmine Jaksic
Amor Moderno (Modern Love)
The New York Times
Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

Hace varios años, en una hermosa tarde de San Valentín en San Francisco, una amiga y yo decidimos visitar la Academia de Ciencias de California. El museo tenía temática de amor para la ocasión, con conferencias sobre citas y exhibiciones de vibradores antiguos, artilugios que parecían dispositivos de tortura medieval.

Luego de examinar los juguetes sexuales históricos con creciente horror, deambulamos a una conferencia donde una mujer estaba compartiendo los pros y contras de varios sitios de citas en línea. Su plática hizo que mi amiga sugiriera que yo creara un perfil en OkCupid.

Acababa de mudarme al área de la bahía y quería conocer gente, pero no estaba lista para citas. Así que en la sección de “Deberías enviarme un mensajes si-” escribí un párrafo sobre por qué alguien no debería mandar un mensaje. Al principio de mi lista: “No me envíes un mensaje si estás interesado en citas”.

Un par de días después, recibí un mensaje de alguien que afirmaba que teníamos mucho en común, pero insistía en que yo contestara más que sólo 25 preguntas para que él pudiera “evaluar más confiablemente” nuestra compatibilidad. La curiosidad me condujo a su perfil, donde me di cuenta de que él había contestado casi 500 preguntas.

Resultó que él, también, había creado una elaborada lista de “No me envíes un mensaje si” que incluía todo lo que yo habría escrito si hubiera pasado más tiempo en mi perfil.

Acordamos conocernos ese fin de semana en una cafetería. Él era delgado, con ojos azules y cabello café, y tenía el look geek por excelencia de San Francisco. Para completar el estereotipo, era fundador de una startup de tecnología, el equivalente de San Francisco a conocer a un escritor en Hollywood. La única cosa que resaltaba sobre él, además de su acento esloveno, eran sus lentes. En lugar de descansar en sus orejas como los lentes normales, colgaban a los lados de su cabeza como una enorme araña. (No se veían tan raros como suena.)

Tomamos lattes, no sentamos en el patio y nos sumergimos directo en una profunda conversación sobre política y nuestros pasados. No hubo plática ligera sobre el clima o pasatiempos. El café se convirtió en cena, y pasamos la tarde entera discutiendo todo desde religión hasta robótica, desenterrando sorprendentes cosas en común una tras otra.

Ambos éramos geeks tecnológicos, pero nuestra superposición iba más allá de eso, con nosotros compartiendo primeros empleos idénticos, visiones del mundo, todo. Incluso nuestras madres parecían la misma persona. Nos topamos con el extraño hecho de que cada una nos había urgido (inapropiadamente) a enmarcar y exhibir nuestros certificados de exámenes de tecnología de la información de Microsoft porque Bill Gates los había firmado. Ninguna sabía mucho de nada sobre nuestro trabajo, pero ambas habían escuchado sobre Gates.

A las 10pm decidimos dar por terminada la noche. Él había tomado el tranvía local para encontrarse conmigo, así que le ofrecí conducirlo a casa. Nuestras experiencias y personalidades eran tan sorprendentemente similares que no pude evitar preguntarme si este encuentro era una elaborada broma práctica orquestada por mis amigos. Conforme me dijo cómo llegar a su casa, mi sospecha solamente creció, porque me estaba dirigiendo a mi propio departamento. Resultó que vivía justo cruzando la calle de mi edificio, un hecho que ninguno de nosotros había sabido cuando nos conocimos pocas horas antes.

Para descubrir nuestras diferencias, pasé la semana contestando cada pregunta que él había contestado en OkCupid, pero sólo encontré más similitudes. Tenía que dar mis respuestas antes de poder ver las suyas, pero una tras otra, nuestras respuestas eran idénticas. Nos encontramos el siguiente fin de semana para cenar, donde pasé cinco horas buscando razones para vehementemente disentir con él en algo, cualquier cosa.

Luego de tres meses, el único desacuerdo que teníamos era sobre manzanas; a mí me gustaban, y a él no. Pero ese es el asunto: nuestra ridícula falta de diferencias me preocupaba. Mi idea de una relación exitosa había sido esa del diagrama de Venn con una intersección saludable, no con dos círculos mayormente superpuestos, y que el mejor partido era aquel con el cual te complementas, no replicarse el uno al otro. Tal vez me estaba perdiendo de algo.

“Las cenas y actividades de fin de semana son fabulosas”, dejé escapar un día. “Pero necesitamos encontrar una forma más eficiente de descubrir nuestras diferencias reales”.

“Ambos tenemos la misma meta”, dijo. “¿Qué propones?”.

En desarrollo de software, algunas veces fuerzas intencionalmente los límites para ver si el sistema se colapsa. Se le llama prueba de estrés, similar en concepto al examen de caminadora que lleva a cabo un médico para medir la condición del corazón de un paciente.

“¿Por qué no ponemos a prueba de estrés nuestra relación?”, pregunté.

Él estaba dispuesto, así que pasamos los siguientes 30 minutos discutiendo detalles. En esencia, queríamos crear el ambiente de matrimonio de décadas para ver qué tan bien se sostenía nuestra relación. Él se iría a vivir conmigo durante cuatro semanas, tiempo durante el cual nos ocuparíamos de nuestra vida sin ningún tipo de fachada: evitar el romance y no hacer nada para tratar de impresionar a la otra persona, al tiempo de ser francos sobre los desacuerdos y directos acerca de nuestras insuficiencias.

Además, creamos criterios de salida. Si durante o después de la prueba de estrés cualquiera de nosotros sentía que la relación no iba a funcionar, nos separaríamos amigablemente sin drama o culpabilidad.

Con nuestros términos acordados, se mudó el día siguiente (era bastante conveniente que ya fuera mi vecino), y nuestra prueba de estrés comenzó.

Normalmente no uso maquillaje, y él nunca me había visto utilizar otra cosa que brillo para los labios, así que no había mucho para probar allí. Pero, ¿qué pasa con las piernas peludas? Que yo podía hacerlo. Si viviera con alguien durante cinco años (o incluso cinco meses), habría un montón de veces en que él tendría que tratar con mis no tan suaves piernas.

Luego de un par de semanas, había logrado lo que mi ex solía llamar “piernas de Wookie”. Para amplificar el efecto, vestí shorts. Luego vagué por la sala de estar donde él estaba agachado en el escritorio en su laptop.

“¿Cómo vas?”, pregunté casualmente.

“Casi he terminado”, dijo sin levantar la vista.

“Oh no, ¡mi camiseta está manchada!”, dije, señalando una mancha de aceite de un experimento previo de cocina.

“Apenas si se nota”, dijo.

Esa mancha no era la única cosa que apenas si notaba. “¿Esto te molesta?”, pregunté señalando mis piernas.

“¿Qué me molesta?”.

“Vello en mis piernas”.

“¿Por qué habría de molestar eso a nadie?”. Siguió corrigiendo su código. Así, como eso, hizo de la molestia obligatoria de afeitarme en invierno una cosa del pasado.

Modern Love: Poniendo el amor a prueba de estrés. Jasmine Jaksic. Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.
Modern Love: Poniendo el amor a prueba de estrés. Jasmine Jaksic. Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

Para probar su propensión a los celos y la inseguridad, lo dejé solo casi todas las noches para ir a cenar y ver películas con mis amigos. Pero él estaba bien con la soledad, y lo único que hice fue agotarme con tanta socialización. Una vez que cumplí los 30 años, mi apetito por “salir” había disminuido significativamente. Todo lo que quería era ver un documental en piyama e ir a la cama temprano.

Por su parte, dormía tarde todos los días, dejaba tazas de café sobre la mesa de noche y ponía el termostato a unos templados 24 grados Celsius, todas las cosas por las que su ex habría lanzado un ataque. Pero yo no podía siquiera fingir que me molestaba ya que eran cosas que normalmente hago.

También dejó resurgir su personalidad boba, bajando la guardia que había puesto después de destrozar nuestro primer encuentro íntimo antes de que comenzara la prueba de estrés.

La primera vez que vino a mi departamento, estaba ocupada investigando algo en mi computadora de escritorio. Se quedó allí mirando inquieto.

“¿Está todo bien?”, pregunté.

“¿Te importaría si hiciera algo?”, preguntó, mirándome directamente a los ojos.

Estaba nerviosa, pensando que quería besarme. “Tal vez,” dije.

La tensión estaba aumentando. Luego se acercó y me pasó de largo rumbo a mi escritorio. La siguiente cosa que supe fue que él estaba cambiando la configuración de energía de mi computadora de escritorio y de mi laptop de modo que utilizaran menos energía cuando estuvieran inactivas.

Me eché a reír, aunque no le expliqué inmediatamente por qué. Cuando eventualmente supo que yo había esperado que me besara, estaba tan avergonzado que se hizo aún más cauteloso de lo que decía y hacía a mi alrededor.

Durante nuestra prueba de estrés, sin embargo, supe que él había vuelto a ser el mismo cuando en vez de decir “¡Te extrañé!” de alguna forma genérica, me abrazó y dijo cosas como: “Es una lástima que no pueda abrazarte más cerca de lo que es físicamente posible, lo cual es irónico porque los átomos son principalmente espacio vacío”.

El geek en mí verdaderamente apreció esto.

Después de que pasamos todos nuestros casos de prueba de estrés y la cuarta semana terminó, nos quedamos con una pregunta: “¿Ahora qué?”.

Dijo que quería mudarse conmigo de forma permanente. Incapaz de oponerme con cualquier razón lógica para no hacerlo, acepté. Unas semanas más tarde me propuso matrimonio, y nos casamos 12 meses después.

En los dos años desde entonces, nuestro diagrama de Venn de círculos mayormente superpuestos se ha mantenido intacto.