Cuentos para niños: Manuel Arduino Pavón

Cuento: Las monedas dobladas

De: Manuel Arduino Pavón

En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil.

Ilustración: abtuno.

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Cuentos para niños Manuel Arduino Pavón ilustración Abtuno

Un niño lloraba desconsolado.

Un anciano se acercó y le preguntó qué le ocurría:

-El faquir dobló mi moneda con su mirada.

-¿El faquir?

-Es la única moneda que tengo y ya no podré comprarme comida.

-Muéstrame tu moneda doblada.

El niño obedeció.

-Ten una moneda del mismo valor y dame la doblada.

-¡Gracias, Babbu!

-Ganesha, mi elefante, la enderezará.

-¿Tiene un elefante? ¿Cómo hizo?

Cuentos para niños Las monedas dobladas, Manuel Arduino Pavón
Cuentos para niños Las monedas dobladas, Manuel Arduino Pavón.

-Yo también doblo monedas.

-¿El señor es un faquir?

-Doblo monedas, las multiplico con la habilidad de mis manos. Soy un maestro de cestería.

El niño bajó la mirada decepcionado.

-Entiendo que no te convence demasiado mi argumento. Tú y el faquir están obligados a hacer magia para sobrevivir. Yo, en cambio, vivo para que se produzca la magia.

 


Convocatoria literaria Antologarte 2016 Literatura Infantil y Juvenil

Manuel Arduino Pavón es el segundo participante de AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil, con uno de sus cuentos para niños: Las monedas dobladas.

Escritor uruguayo, fue premiado en el Río de la Plata por sus escritos sobre Teosofía y otras disciplinas herméticas. Es miembro de la Sociedad Teosófica. Ha publicado en Uruguay, Argentina, España, Holanda y México, por mencionar algunos países.

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Cuentos infantiles cortos… No creo…

¿Cuentos infantiles cortos? No lo creo…

Sigues fantaseando con imposible ausencia.

Sólo un masoquista entiende el placer de un último dolor, uno dulce del que no te arrepientas. Una molestia pasajera trastocada en alivio al eliminar tu inefable parlamento de la biografía de los demás.

Son los otros quienes sí brillan, quienes son protagonistas.

Has pasado temporadas inventando pretextos. Tu personaje desaparece a cuentagotas, se desvanece, se esfuma línea a línea. A veces haces acto de presencia; el resto de las funciones tú misma te has ido borrando del imaginario colectivo, de la farándula, de las marquesinas. Son contados los otrora entusiastas que aún evocan tu seudónimo artístico, tu notoriedad intranquila… y seguramente son aquellos que, si se los permitieras, con gusto te escupirían cuánto, cuánto aborrecieron tu actuación.

La indiferencia es lo de menos: los fracasos se cobran y la melancolía se ignora mucho antes de que un aprendiz en potencia decida interpretarte un maldito día cualquiera, aparecer en un escenario árido imitándote en un sala sombría y poblada de sonrisas estúpidas.

Cuentos infantiles cortos,  se arrastraba por los rincones en busca de Barbies
…se arrastraba por los rincones en busca de Barbies…
Fue culpa de una cincuentona engañada y de un bailarín canceroso el haberte dormido sin un epitafio, rodeada de velas apagadas y de colegas que nunca te trataron como merecías y que sólo en tu imaginación se preguntan cómo pudiste, oh, tú que lo tenías todo físicamente hablando y lo desperdiciaste, tú que asesinabas con gusto cada intervención que te correspondía y que echaste por la borda la obligación de aprovechar el talento otorgado por una fuerza que Nietzsche mató.

Fue culpa de los ángeles de Rius, fue tu inexistente protección divina que no te advirtió de no hacer caso a una canción que aún recauda millones en regalías. Fue apenas una tira de tabletas de uso diario, que hoy se encuentran en casi cualquier botiquín casero y que en aquel lejano entonces tenían cierta sustancia que ahora haría tus delicias.

Fue culpa de quién… de quién no…

Y ese beso de buenas noches que debió velar a diario tu sueño, que debió leerte cuentos infantiles cortos, cortísimos, de un lobo tierno que fue asesinado por Cenicienta se acabó, que debió cobijarte y protegerte de ese otro besito infantil e inocente que hoy mandaría a la cárcel a un muerto, a una hiena que nació cadáver y que en aquel entonces se arrastraba por los rincones en busca de Barbies para contagiarles en voz baja, tan baja, su interna y dilatable putrefacción.

No más cuentos infantiles cortos para ti, ni cuentos infantiles largos, interminables, eternos…

Ya casi es hora de bajar el telón. Despídete luego de agradecer los aplausos y los abucheos.

Bernardo Monroy – Irregular (cuento)

Bernardo Monroy – Irregular (cuento)

En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil.

Ilustración: abtuno.

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Henry Smeldington se acaba de meter en un problema serio. Con apenas diez años de edad ya había robado una evidencia de la escena del crimen. Como si las cosas no pudieran ser peores, un inspector de Scotland Yard se dio cuenta y comenzó a perseguirlo.

Corrió por la callejuela oscura y apestosa, iluminada solamente por las farolas de gas. No era muy diferente a otras de Londres, con carrozas desplazándose, mujeres caminando con corsé y hombres usando sombreros de copa. El estilo impuesto por la Reina Victoria.

El inspector de Scotland Yard hizo sonar su silbato y Henry aceleró la marcha. Pasó a través de una librería que vendía las novelas de moda: Drácula, de un tal Bram Stoker, Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson e Historia en Escarlata, de Sir Arthur Conan Doyle.

Una de esas novelas nada tenía de ficción, pero eso pocos ingleses –y de hecho pocos seres humanos- lo sabían. Henry era uno de ellos.

Dobló a la izquierda por un callejón, cuando el inspector alcanzó a cogerlo de su saco.

-¿Sabes lo serio que es robar evidencia de la escena del crimen, mocoso? –le preguntó, pero Henry se quitó la prenda y siguió corriendo.

La vida de Henry no era diferente a la de muchos niños del Londres del siglo XIX: su madre muró a causa de la epidemia de cólera de 1848 que mató a 14.137 londinenses y su padre fue encerrado en la cárcel por robar para mantenerlo, de modo que Henry tuvo que vivir en las calles. De no haber sido por alguien que le tendió la mano, de seguro estaría muerto. La persona para quien robó aquella pistola.

Bernardo Monroy - Irregular (cuento). En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil. Ilustración: abtuno. TodoMePasa.com
Bernardo Monroy – Irregular (cuento). En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil. Ilustración: abtuno. TodoMePasa.com

Corrió hasta llegar al segundo piso del departamento de la persona que le daba dinero por realizar trabajitos, que aunque eran ilegales, a la larga servían para ayudar a la sociedad, al mundo, y definir la historia de la literatura.

Subió por los tabiques para entrar al estudio de su jefe. Por lo general no usaba la puerta, porque las otras dos personas que allí vivían –un médico y una anciana casera- lo veían con desdén por ser niño de la calle. Por suerte, su jefe era demasiado inteligente para darle importancia a prejuicios tan tontos.

Entró por la ventana. Su jefe estaba sentado en su sillón, fumando su pipa.

-Te felicito, Henry –dijo, sin siquiera moverse-. Encontraste el arma y corriste durante media hora. Lo supe por el olor a pólvora que distingo desde aquí, por la peste a sudor que despides y por tus jadeos. Huiste de Lestrade, quien aunque no es muy brillante, tampoco es un idiota soberbio como toda la policía de Inglaterra. Por eso siempre vienen a pedirme asesoría a mí, a Sherlock Holmes.

Henry caminó hasta el sillón de Holmes, y como un súbdito ante el rey le entregó el revólver. El detective más famoso de la literatura lo sostuvo con la experiencia de un cirujano.

Bernardo Monroy - Irregular (cuento). En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil. Ilustración: abtuno. TodoMePasa.com
Bernardo Monroy – Irregular (cuento). En exclusiva para AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil. Ilustración: abtuno. TodoMePasa.com

-Neil Creme. El asesinato de aquel muchacho es sin duda obra de Neil Creme, uno de los socios del profesor Moriarty. Lo sé porque Creme usa veneno para cometer sus crímenes, no pistolas. Mi estimado archienemigo sin duda le pagó… lo que me recuerda que debo pagarte a ti, Henry.

Holmes hurgó en su bolsillo y le entregó una moneda a Henry. Por lo general, Sherlock Holmes le pagaba eso a un niño de la calle que le proporcionara información vital para resolver un caso. A lo largo y ancho de Londres, el detective tenía una red de niños sin hogar a los que llamaba “Los Irregulares de Baker Street”, quienes espiaban para él y realizaban uno que otro trabajo. Cuando la información era buena les daba una guinea, pero el auténtico premio no era el dinero, sino colaborar para un detective del tamaño de Sherlock Holmes.

-Muchas gracias, Mr. Holmes –dijo Henry, pero el detective lo ignoraba. Estaba de pie, tocando su violín.

Henry salió del 221-B de la calle Baker, a vivir, de nuevo, en las calles de Londres, pero satisfecho por ayudar a Sherlock Holmes, sin ser siquiera el Doctor Watson.

 


Convocatoria literaria Antologarte 2016 Literatura Infantil y Juvenil

Bernardo Monroy es el primer participante de AntologArte, Literatura Infantil y Juvenil.

Escritor y periodista mexicano, nació en la Ciudad de México en 1982. Publica a cada rato en medios impresos y electrónicos. Y es invitado consentido de FENAL (Feria Nacional del Libro de León), donde este año dio una charla sobre Sherlock Holmes.

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