Entre jefes horribles te veas (I)

Entre jefes horribles te veas
Entre jefes horribles te veas

 

Columna de La Niña TodoMePasa publicada en la Revista Delatripa – Narrativa y algo más:

Entre jefes horribles te veas.

Porque todos hemos tenido un jefe, dos jefes, cientos de miles de jefes que aguantar.

Y la historia dice así:

 

 

 Eso le pasa a uno por no estudiar…


Tienes 18 añitos. Luego de varias semanas haciéndote idiota leyendo los chistes del periódico en vez de revisar la sección de Falsificados, que diga, la sección de Clasificados, por fin tu madre te pone un ultimatum: o vas a pedir equis chamba por la que ella ya preguntó y en la que te pueden recibir de inmediato, o mejor ve buscando a dónde caerle porque ya no quieren parásitos en esa tu casa. Hace ya algunas semanas que abandonaste la universidad (por primera vez, jojo), y los “amigos” con que echabas desmadre bien, gracias, desaparecidos sin mayor aviso y tú haciendo el gran drama como si en serio hubieras perdido contacto con gente medianamente importante.

Total que te pones el vestidote floreado de cuando te dio por usar vestidotes floreados, la blusa de cuello alto y el primer saco negro que encuentras en el guardarropa materno, porque tú por supuesto no tienes nada formal que ponerte (y eso que tampoco tenías ropa de antro porque no salías, en ese entonces eras medio amargueitor). Llegas con tu currículo impreso en una hoja, ¡cuál!!! No es ni media página, ni siquiera un cuarto de párrafo porque hasta la fecha no habías hecho absolutamente nada, pero llegas seriecita con tu currículo impreso y lo más arreglada posible a pedir trabajo en…

…en cierto Supermercado De La Esquina de Coyoacán.

Llegas, preguntas por el empleo, la señorita que te atiende te mira y te dice que sí, que está bien, que puedes colgar tu saco en un gancho en el sanitario y que agarres un trapo para ponerte a…

…a limpiar vitrinas.

Sí: ese fue tu primer empleo. Perdiste tu fabulosa media beca en el college más nice para terminar limpiando vitrinas con un trapo mugriento. Tú que te sentías la reina del universo, ¡qué He-Man ni qué nada!

¿Sueldo? El mínimo.


¿Horas extras? Diez pesos.

¿Días laborables? De lunes a sábado.

¿Internet? Sí, cómo no.

Esa es la primera vez en tu corta existencia en que te ves inmersa en algo llamado EL MUNDO REAL y que tienes que enfrentarte con algo mucho PEOR que los profesores de la prepa, las monjitas de la secu y tus ex compañeros bulleros:

UN JEFE.

Y con el paso del tiempo:

MUCHOS JEFES.


Tu trabajo consiste básicamente en aguantar el cambiante genio, que más bien tiende a ser de malo a pésimo, de una señora señorita cuyos padres tienen toda la lana del mundo y que estudió Administración en una de esas universidades que sólo pueden pagar los hijos de políticos o de empresarios (o de narcos, que no sabes si cuentan como políticos o como empresarios: para el caso da lo mismo) para terminar ahí, en una tiendita perdida en una esquina de la Ciudad de México, viviendo de aumentar el cincuenta por ciento a los precios de los productos luego de atorarles el IVA y un montón de impuestos inventados.

Obvio que comienzas limpiando vitrinas y empacando sushi casero, pero terminas revisando cuentas bancarias y manejando archivos varios de Excel, en una época en que nadie sabía para qué era Excel y que tú aprendiste a manejarlo en uno de esos veranos sin nada mejor que hacer excepto jugar Tetris por horas.

Pasan uno, dos, tres meses y ¡por fin!!! decides pedirle de rodillas a tu madre que te deje regresar a la escuela, que no la vuelves a regar (¿por qué nadie te dice que por favor NO seas tan idiota de pretender estudiar una ingeniería cuando eres una papa en Física???) ni vuelves a tener amigos dudosos ni nada de nada de nada, es más: te comprometes a ir a misa y hasta hacer de monaguilla voluntaria cada año bisiesto. (Léase: ¡Este año te toca!)

Terminas librándote de la chamba alegando que sólo puedes seguir yendo media jornada porque vas a tomar unas inexistentes clases, y finalizas dando las gracias cuando tu jefa y hasta su madre te ruegan que por favor por favor no te vayas.

Tu siguiente empleo es como cajera en el restaurante del jefe de tu mamá (ese con el que siempre quisiste casarte, y nomás ni se enteró de que dejaste la adolescencia), entre meseros guapos e intentos de galanes fumadísimos… pero esa ya es otra historia, digna de la siguiente entrega de esta columna.

Bebé: No creí que llegarías

21 de octubre de 2014.

 

Seis años atrás elegí tu nombre por si eres niña: Aranza. Y hace cuatro decidí que de ser varón te llamarás Héctor, como tu padre.

Bebé: No creí que llegarías a mi vida. Como hija de divorciados no quise repetir la historia de tu abuela y bisabuela, que apenas si tuvieron tiempo para disfrutar de sus hijas por tener que trabajar para sacarlas adelante.

Pero hace cuatro años me reencontré con ese profesor de secundaria, mi primer amor que ya no fue tan imposible. Me pidió unir nuestras vidas, y desde el primer instante pensamos en ti, bebé. Te soñamos tu papá y yo sobre la misma almohada: tu aroma a manzanilla y talco de bebé, cómo cantarás las canciones con que crecí, cómo te enseñaremos a tocar guitarra.

El plan era buscarte en cuanto nos casamos, pero un revés económico lo impidió y no quisimos traerte al mundo sin darte lo mejor. Hace doce meses decidimos no esperar más… y apenas hace cuatro supe que tú causaste mi repentina necesidad de comer pepinos y papas fritas.

A las siete semanas de gestación fue el primer ultrasonido: eras una bolita cabezona de pocos milímetros. Tu corazón sonaba a ciento cuarenta y un latidos por minuto. No pude creer, aún no puedo creer cómo apareciste de la nada, cómo te hiciste un hueco en mí para tenerme toda ilusionada.

En el segundo ultrasonido, con doce semanas de embarazo, tu papá y yo supimos que nada es perfecto: el doctor detectó contracciones que no debo tener. Salí del consultorio con la prohibición de hacer ejercicio, evitar escaleras y olvidarme de caminar, entre otras. A tomar medicamento y repasar qué hacer en caso de urgencia, por si presento señales de amenaza de… de esa palabra tan fea que ninguna embarazada feliz desea escuchar.

Al tercer ultrasonido fui sola: tu papá se perdió de ver tu rostro y cómo te mueves, cómo agitas tus bracitos y piernas, cómo arqueas la espalda y te acomodas. De nuevo me detectaron contracciones, otra vez a tomar medicamento.

En dos días iré con el doctor y confío en que todo irá mejor, bebé, que ya no corro riesgo de perderte. Cada que me tomo fotos para tus tías, cada día al despertar ruego que por favor llegues bien, que nazcas el día previsto, por parto normal o cesárea pero que respires, que llores pidiendo alimento, que me mires con tus ojitos y que mis brazos te envuelvan con agradecimiento.

Ya quiero tenerte aquí, te necesito para quererte porque aún no has nacido y ya nos has hecho tan, tan felices…

Espero que pronto leas o me escuchas leerte este texto.