Texto: Año y medio en Auschwitz

Texto: Año y medio en Auschwitz

Jéssica de la Portilla Montaño.

 

Llegas al patíbulo a la hora en punto. Retrasarte un minuto entero podría costarte veinticuatro horas menos de vida.

El cadalso luce impecable. Los seres anónimos que dan mantenimiento al reclusorio también ostentan cuatro dígitos, justo igual que tú: Carcelero número tal. Víctima número tal.

Puede que en el pasado hayas sido una persona, pero ahora no eres más que una cifra más en las estadísticas, un punto en la lista de asistencia diaria.

No sabes si te levanta la moral o te desanima ver el BMW último modelo, con rines originales, en que pasea el director del centro penitenciario. Ahí estás tú, encerrado durante una cantidad exacta de minutos, acordada de antemano para vigilar a los otros prisioneros, para dar reporte de sus errores y cuidar tu espalda lacerada por golpes de látigo. Sería tan sencillo arrancarte los grilletes, ahorcar con tus cadenas a los gatos de medio pelo que te exigen que no levantes la frente del suelo de barro. Sería tan sencillo aprender a fabricar una bomba, comprar polvos mágicos en un puesto esotérico y echarlos en un pozo de agua potable con la esperanza de que alguien se envenene como tú.

Tal vez en el pasado fuiste una persona, pero ahora eres un autómata que camina sin mirar a los ojos de los autómatas, te dan miedo los monstruos y por eso evitas tu reflejo distorsionado en los ojos de los demás.

Sería tan sencillo finalizar la agonía con una galleta periódica, arrojar ácido sabor café en el rostro de tus opresores.

Sería sencillo…

Tienes prohibido renunciar. Cuentas uno por uno los veintiocho mil ochocientos segundos que te separan de la libertad que durará apenas el tiempo que permanezcas dormido, porque mañana debes regresar al patíbulo a la hora en punto, sin retrasarte ni medio instante porque te cobrarían una vida completa por semejante atrevimiento.

Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez

De vez en cuando reapareces. Esperas a que esté distraída, me acechas como un recorte amarillo que no sé de dónde saqué y entonces reapareces, sólo en ciertas ocasiones, precisamente cuando creo ya no extrañarte, me acompañas por breves instantes y de inmediato te disuelves, te haces espuma callada... Puede que siempre estés ahí y yo ni siquiera te note.

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