Una madre que trabaja

De todos los empleos que he tenido, ninguno me ha dado tanta satisfacción como el que desempeño actualmente.

Mi horario de servicio es impensable: trabajo veinticuatro horas al día, porque hasta dormida sueño en qué puedo hacer para cumplir mejor. Incluso cuando delego mis obligaciones sólo estoy pensando en que quisiera ser yo quien estuviera ahí, al pendiente de todo.

El diminuto ser humano de quien ahora dependo me trata con auténtica tiranía: me ha gritado, me ha escupido encima para ensuciarme de lo que estaba comiendo, y hasta me ha dedicado alegres trompetillas que le causan más risa cuando yo las imito.

No es nada amable cuando exige con un berrinche que esto y aquello se haga a su modo. Pero mi ‘jefa’ no es grosera ni miente (todavía), ni me humilla ni me hace sentir triste, ignorante o inútil si me equivoco con algo. Al contrario: sus alaridos desesperados me hacen agradecer por los pulmones con que nació. Sus lágrimas de cocodrilo son adorables y casi siempre se calman cuando la abrazo o me la siento en las rodillas para hacerle Aserrín Aserrán.

Apenas si me alcanza el tiempo por las mañanas para darle su plátano o media manzana, para estamparle un montón de besos y preparar la maleta (leche de fórmula y leche materna, pañales, toallitas húmedas, más pañales, ropita limpia, agua purificada, cereal Gerber, otro pañal por si acaso) antes de llevarla a casa de su niñera. Con los meses se hizo más sencillo no llorar cada que me separo de ella, y mejor desde ahora si a fin de cuentas en dos o tres años tendré que dejarla en el kínder para que aprenda a leer y a escribir.

Salgo corriendo a la oficina a veces sin desayunar, cumplo mis labores lo mejor posible viendo su foto en mi fondo de escritorio, y espero impaciente a que sea hora de irme y pasar por mi nena, llevarla a casita y darle de comer una vez más antes de que se quede dormida… nos veremos hasta mañana otra vez… Nueve horas en la chamba para estar con mi hija sólo tres horas cada noche, tres horas de las cuales pasa la mayoría dormida. Ni hablar.

En noches como esta en que me toca quedarme mucho más tarde en la chamba sólo puedo pensar en lo que estarán haciendo su papá y ella, si en serio en serio vale la pena venir a un lugar que por lo general me gusta, y que me paga unos cuantos pesos (lo mismo que ganaba en el DF hace ya siete años), pero que me mantiene lejos de mi bebé, de la nena que sigue creciendo y que no tarda en gatear, no tarda en decir las primeras palabras que sin duda me perderé excepto cuando la niñera me platique los pormenores. No tarda en aprender a dar besos y a decir hola y adiós con la mano, hola y adiós para despedirse de sus padres que deben dejarla para ganarse el pan nuestro.

No dudo que soy la única oficinista del mundo que está felizmente casada y que vive desesperada por salir corriendo de la chamba para llegar casi a las dos de la mañana a darle un beso en la frente a una bebé que duerme, y que gracias a Dios no se entera aún de que su madre estará ausente la mayor parte de su existencia. “Esto lo hago por ella”, me repito y me repetiré. No quiero ser como esas personas que me critican poque dejo sola a mi bebé (según) para irme a trabajar, pero que a cada rato tocan a mi puerta para que les preste diez o cincuenta pesos, o les dé la chambita del día. No quiero. Prefiero honrar el ejemplo de mi madre y que mi hija algún día sepa que lo que tengo y lo que ella tendrá será porque sus papás se lo han ganado.

Ojalá ese día Aranza comprenda que todo lo que uno hace lo hace exclusivamente por amor. Podría estar en casa con ella viendo televisión en vez de contribuir con los gastos, en vez de pagar el financiamiento de Mexicana de Becas que algún día le dará la oportunidad de estudiar en la universidad. Podría estar en casa viéndola dormir mientras sus labios aún se mueven en busca de leche, podría estar en casa perdiendo el tiempo con la barra completa de telenovelas, podría, podría, podría…

La abuela de Aranza



Cada año en estas fechas escribo un texto en honor a la mujer que me trajo a este mundo: hablo de su fortaleza, del esfuerzo que le significó sacar adelante ella sola a una hija, a una madre y hasta a dos tíos; del infinito apoyo que me ha brindado aun cuando haya estado en desacuerdo con alguna decisión.

Pero hoy no quiero hablar de la mamá de Jéssica, sino de la persona que conocí hace ya seis meses y que mañana 3 de octubre (“3 de octubre no se olvida”) celebrará con nosotros un año más en esta Tierra:

La abuela de Aranza se tomó trece días de vacaciones para estar en el nacimiento de mi niña. Me enseñó a cambiar pañales, cargó a mi hija para arrullarla y me ofreció ambos brazos para apoyarme cuando yo no podía ponerme en pie sin ayuda. No hubiera sobrevivido a la postcesárea sin ella sentada junto a mi cama durante dos noches seguidas.

La abuela de Aranza ha estado al pendiente de cada cuestión que involucra a mi nena. Me da consejos, escribe correos y reenvía mensajes que pudieran sacarme de dudas. Con gusto pasa horas observando a mi baby dormir o lanzar grititos gracias a la magia de las videoconferencias.

La abuela de Aranza organizó nuestro baby shower. Trajo recuerditos para los juegos que organizó. A partir del nacimiento ha venido a León casi cada tres semanas, a veces sola y otras cuidando de Doña Lupe. 

Este será el primer cumpleaños que celebre con su ‘Godzuki’. En estos momentos ya llegó su transporte del DF, y no me queda más que apurarme con la edición del periódico para ir volando a casa y decirle:

Gracias por ser parte de la familia que siempre, siempre deseé.
 ¡FELICIDADES!!!