Traducción: Francisco, el Papa peronista

Jéssica de la Portilla Montaño traducción Papa Francisco periódico AM León


Aunque sus opiniones han sido tachadas de ‘izquierdistas y marxistas’, sus amigos de antaño aseguran que los puntos de vista del Papa Francisco simplemente no encajan en ningún molde

Nick Miroff
The Washington Post
Buenos Aires



Aunque sus opiniones han sido tachadas de ‘izquierdistas y marxistas’, sus amigos de antaño aseguran que los puntos de vista del Papa Francisco simplemente no encajan en ningún molde

Nick Miroff
The Washington Post
Buenos Aires

Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

Hace algunos años, cuando aún no era el Papa Francisco, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, visitó el convento donde asistió al jardín de niños en el vecindario Flores de la ciudad. Las monjas se reunieron alrededor.

“Hermana Rosa”, le preguntó a una de sus primeras maestras, “¿cómo era yo?”.

“Un pequeño demonio”, vociferó. Las monjas estallaron en risas.

“Jorge era un niño incansable, siempre corriendo”, dijo la hermana Martha Rabino, de 74 años de edad, la Madre Superiora, quien estuvo presente ese día. “Las hermanas dicen que no se estaba quieto”.

El incansable niño de Flores es hoy un Papa incansable. En los dos años desde que fue nombrado Pontífice, Francisco, de 78 años de edad, ha traído una distintiva vena rebelde a la silla de San Pedro. Los observadores papales predijeron que sacudiría la jerarquía vaticana. Pocos esperaban que se sumergiera en política global con todo ese fervor evangelical.

Con Francisco preparándose para dirigirse al Congreso y a las Naciones Unidas durante su primera visita Papal a los Estados Unidos, del 22 al 27 de septiembre, sus convicciones morales y políticas estarán en exhibición como nunca antes.

En meses recientes, la acusación del Papa de que el capitalismo salvaje es el “estiércol del diablo” y sus llamados para cambios radicales culturales y de estilo de vida para reducir el calentamiento global han alimentado una percepción entre algunos conservadores de que Francisco es un izquierdista, con opiniones marxistas con vestiduras blancas.

En Argentina, donde Francisco tiene reputación de conservador, aquellos que lo han conocido durante décadas encuentran esas caracterizaciones risibles, lanzando sus manos al aire como si les dijeran que los brasileños son mejores en el soccer o que Chile tiene mejor vino.

“Absurdo”, dijo Julio Bárbaro, ex congresista argentino que estudió en el colegio jesuita San Miguel con Francisco en los años 60.

El Papa, dijo Bárbaro, es un “peronista” cuyas opiniones no ajustan en los moldes izquierda-derecha de la división política de EU.

El General Juan Perón gobernó Argentina de 1946 a 1955, y de nuevo brevemente durante los años 70, y el peronismo ha perdurado como fuerza dominante en la vida política del País. Intenta tender un puente sobre las divisiones de clase a través de la combinación de un líder fuerte, autoritario, un altamente centralizado y generoso estado de beneficencia social, y fuertes dosis de sentimiento nacionalista cuasi religioso. Incluso después de su muerte en 1952, Evita, esposa de Perón, fue una figura de adoración entre los trabajadores pobres del País.

El atractivo del peronismo para muchos argentinos de la posguerra, incluyendo al joven Francisco, estaba en su rechazo tanto del marxismo como del capitalismo liberal (laissez-faire). “Era una forma de ayudar a los pobres, que no cree en la lucha de clases”, dijo Bárbaro. “Cree en el capitalismo, pero con límites”.

Perón era el clásico fortachón latinoamericano que suprimía la disidencia y se diseñaba a sí mismo como la encarnación del orgullo nacional argentino; el peronismo de la niñez de Francisco no exaltaba la libertad individual o los mercados libres. Pero sus políticas “de tercera vía” (economía mixta, y centrismo o reformismo como ideología) y toque personal le granjearon el cariño de los argentinos de clase trabajadora que sospechaban de las élites adineradas y que al mismo tiempo también era cautelosa del izquierdismo internacional.

El Catolicismo romano y el peronismo tenían mucho en común, y el joven Francisco estaba empapado de ambos.

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El vecindario Flores de la niñez de Francisco era una especie de idilio del peronismo temprano. Mario José Francisco Bergoglio, padre del Papa, había llegado a Argentina de la región italiana de Piedmont con sus padres y cinco hermanos en 1928. Golpeados fuertemente por la Depresión, se mudaron a Buenos Aires en 1932, de acuerdo al biógrafo de Francisco, Austen Ivereigh. Volvieron los ojos hacia la Iglesia en busca de alivio económico, social y espiritual.

El padre del Papa encontró trabajo como tenedor de libros para los negocios del vecindario. Se casó con Regina María Sivori, hija de inmigrantes italianos, en 1935. Jorge Mario, el primero de sus cinco hijos, nació al siguiente año.

Flores era un vecindario lejos del centro de la ciudad que aún tenía parches de pastizales y pequeñas parcelas de vegetales. Los Bergoglio se mudaron a una casa en la calle Membrillar donde Francisco pasó la mayor parte de su niñez, caminando hacia la escuela y al catecismo, y jugando soccer hasta que el sol se ocultaba o la Policía perseguía a los chicos del barrio fuera del parque.

Flores era una comunidad de clase trabajadora de optimismo clasemediero, habitado por inmigrantes italianos, españoles, judíos y armenios. Los repartidores vendían leche, vegetales y pan de carretas con caballos, y pescado fresco los jueves. Con pocos automóviles, todos caminaban o tomaban tranvías.

Francisco asistió a una escuela primaria pública a dos cuadras de su hogar. Ernesto Lach, cuyos padres eran inmigrantes judíos de Polonia, se sentó junto a Francisco en quinto grado, en 1948.

“Lo recuerdo como un chico inteligente y serio, con excelentes modales”, dijo Lach, de 79 años de edad, quien aún vive en el vecindario. Su profesor ese año, Roberto Brusa, químico, era severo pero inspirador. Francisco, tal vez por el ejemplo de Brusa, también aspiraba a estudiar Química en la escuela secundaria.

Bernardo “Nano” Gandulla, una de las grandes estrellas del soccer de la época, se había retirado recientemente y vivía en una casa cercana, dijo Lach, “y salía para entrenarnos por las tardes”. Era como crecer con Joe DiMaggio en el vecindario. “Lo idolatrábamos”, dijo Lach. Aunque delgado y no especialmente hábil con el balón, Francisco se volvería devoto de por vida de San Lorenzo, uno de los equipos de Buenos Aires con más historia.

“Él siempre ha seguido de cerca la política y el soccer”, dijo Bárbaro, “porque eso es lo que a sus feligreses les preocupaba”.

El hogar familiar estaba limpio, ordenado y austero, recuerda Osvaldo Devries, un compañero de clases de la niñez del joven hermano de Francisco, Alberto, quien murió en 2010. 

“Íbamos a casa de los Bergoglio después de la escuela para hacer nuestra tarea, y luego jugar soccer en el parque”, dijo Devries. Los papás, recuerda, era formales y religiosos.

“No recuerdo haberlos visto nunca mostrándoles afecto a sus hijos. Siempre había un poco de distancia entre ellos”.

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Francisco ha dicho que absorbió sus opiniones religiosas a través de su abuela materna, Rosa. Siendo una joven mujer en Italia, era miembro de Acción Católica, que defendía a la Iglesia contra el auge del fascismo. Francisco se unió a una facción local de Acción Católica siendo adolescente, cuando estaba muy vinculada a Perón.

Francisco aprendió a jugar billar y a bailar con chicas en las fiestas. Le encantaba el estilo argentino del tango conocido como milonga, y luego trabajó los fines de semana como portero en bares locales.

Francisco estudió Química en una pequeña y especializada escuela preparatoria pública que era parte del impulso peronista para hacer de Argentina una potencia industrial. Tomó un trabajo de medio tiempo como aprendiz en un laboratorio.

Fue alrededor de ese tiempo, cuando Francisco tenía 17 años de edad, que iba caminando por la basílica San José de Flores, una de las catedrales más espectaculares de la ciudad, con inmensas columnas de mármol y elaborados frescos. Iba de camino a encontrarse con sus amigos, y algo dentro de sí le llamó. Se acercó a un confesionario y dijo que supo en ese momento que quería ser sacerdote, describiendo y comparando el poderoso momento con “ser arrojado desde un caballo”, de acuerdo con Ivereigh.

Su madre quería que se convirtiera en médico, así que tuvo que esconderle sus libros de Teología mientras se preparaba para el seminario.

En el laboratorio donde trabajaba, Francisco conoció a una de las mujeres que menciona como una influencia primordial en su vida: su supervisora Esther Ballestrino. Era una feminista paraguaya y militante comunista, de treinta y tantos años de edad, y se convirtió en una mentora para Francisco. Los dos mantuvieron una amistad durante muchos de los siguientes años.

Era una época relativamente tranquila en Argentina, antes de la tormenta que separaría al País y a la orden jesuita de Francisco.

Cuando una junta militar tomó control de Argentina en 1976, muchos vieron el golpe de Estado como una solución a corto plazo para restaurar el orden y refrenar grupos insurgentes violentos como la guerrilla marxista de inspiración católica conocida como Montoneros y los escuadrones de la muerte que los cazaba.

La “Guerra Sucia” que siguió duró siete años. Al menos diez mil argentinos fueron asesinados o desaparecieron.

Uno de ellos fue Ballestrino. Se había convertido en fundadora de “Madres de la Plaza de Mayo”, las madres de los “desaparecidos” que marchaban con retratos de sus hijos desaparecidos para alertar al mundo de los horrores de la dictadura. La hija embarazada de 16 años de edad de Ballestrino había sido retenida por meses bajo custodia militar, luego voló a Suecia después de su liberación.

Ballestrino llamó a Francisco una noche de 1977, y él accedió a esconder su gran colección de libros, incluyendo algunos volúmenes marxistas que, si eran encontrados, habrían significado una sentencia de muerte. Ella y las otras madres se estaban preparando para salir a la luz pública junto con una lista de 800 argentinos “desaparecidos”.

Fue secuestrada poco después. Como muchas de las víctimas de la Guerra Sucia, fue torturada en el sótano de la Escuela de Mecánica de la Armada, después probablemente drogada y, junto con otros, lanzada viva al Océano Atlántico desde un avión militar.

Sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común luego de que el mar los arrastrara hasta la playa. Investigadores forenses identificaron su restos en 2005, y Francisco aceptó darles sepultura en el cementerio de una iglesia de Buenos Aires.

En 2010, tres años antes de que fuera nombrado Papa, estaban en marcha los juicios contra varios funcionarios militares sospechosos de crímenes de guerra, y a Francisco se le pidió que testificara.

Se le ve profundamente incómodo en la grabación de su testimonio. Un abogado le pregunta qué hizo luego de saber que Ballestrino había sido tomada en custodia.

Francisco dijo que trató de contactar a su familia. ¿A quién más?, pregunta el abogado. Le habló a organizaciones de derechos humanos, dijo Francisco. El abogado pregunta sin rodeos: ¿Trató de intervenir con autoridades militares?

No fue así. “Hice lo que podía”, dijo.

Piensa a menudo en Ballestrino, un vínculo a la Argentina de su niñez y a su vecindario Flores, según le dijo a los biógrafos Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti. “Me culpo a mí mismo por no haber hecho lo suficiente”, dijo.

Sus críticos izquierdistas en el clero y organizaciones argentinas de derechos humanos lo culparían también -y la Iglesia católica en general- por no adoptar una postura más enérgica contra la dictadura. Pero Francisco dijo que dio asilo a distinto sacerdotes que estaban en peligro por sus opiniones y salvó a otros ayudándolos a abandonar el País.

Francisco sobrevivió al episodio más oscuro de Argentina, pero no sin cicatrices o enemigos.

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Francisco asistió al seminario en el Colegio Máximo, la universidad jesuita en San Miguel, a una hora de distancia de Buenos Aires, y pasó la mayor parte de los siguientes 25 años ahí como estudiante, instructor y eventualmente como director de la escuela.

Fue en el Colegio Máximo que estuvo bajo la influencia de Juan Carlos Scannone y un grupo de otros jóvenes sacerdotes que propugnaron por una teología del pueblo como una alternativa a la teología de la liberación de inspiración marxista. Ese fue el acercamiento pastoral que Francisco adoptaría, enfatizando la humildad, simplicidad y contacto íntimo con los pobres y más vulnerables de la sociedad. Una teología de la gente significaba vivir entre los pobres, no hablar sobre ellos en lo abstracto.

Scannone hoy tiene 83 años de edad y aún vive en el Colegio Máximo, donde asistió a la ordenación de Francisco. No, le aseguró a un visitante, el Papa no es un anticapitalista.

“Él no critica la economía del mercado, sino la fetichización del dinero y el mercado libre”, dijo Scannone. “Una cosa es la economía del mercado. Otra es la hegemonía del capital sobre la gente”.

La separación de Francisco del clero más izquierdista de Argentina definiría la mayor parte de su carrera como jesuita. Pero en el Colegio Máximo vivió sus creencias -y estableció un ejemplo para otros- al practicar políticas de humildad, austeridad y acciones sobre palabras.

“Se levantaba temprano y hacía la lavandería antes de que el personal llegara”, dijo Mario Raush, un hermano jesuita que aún vive en la universidad. Había varios vecindarios pobres cerca, y Francisco caminaba a través de campos lodosos para celebrar misa ahí los fines de semana. Regresaba para cocinar grandes comidas para toda la universidad. Dormía en una habitación pequeña con una simple cama individual, con base de madera.

El Colegio Máximo floreció en los años 70 y 80 gracias a Francisco, pero hoy se ve un poco como le sucede a la Iglesia: hermoso, envejecido, tal vez un poco vacío. Rausch es uno de los cuatro hermanos que aún viven ahí, contra los 15 que había en la época de Francisco, y pasa los días solo en un polvoso taller de encuadernación.

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Pocos meses después de que se convirtiera en Papa, Francisco telefoneó a Raush una mañana para desearle feliz cumpleaños, como lo había hecho durante años. La recepcionista de la universidad no podía creer que realmente fuera el Papa quien llamaba desde el Vaticano, y asumió que era una broma. Le tomó a Francisco -quien prefiere hacer sus propias llamadas- varios intentos para lograrlo.

“¿Dónde has estado?”, bromeó Francisco.

“Nunca dudé que recordaría mi cumpleaños”, dijo Raush. “Pero una vez que se convirtió en Papa, no creí que tendría tiempo para llamarme”.

Hay historias como esta por todo Buenos Aires, entre amigos de infancia, feligreses y otros que han guardado cartas o notas de Francisco con su pequeña, casi ilegible caligrafía. Una de las cartas más recientes está en la oficina de Rosana Domínguez, la directora de la escuela primaria de Francisco en Flores.

La escuela celebrará su aniversario número 100 en septiembre, pocos días antes de que Francisco llegue a los Estados Unidos. Los salones de clase de la escuela se ven más desgastados de lo que estaban en la era peronista de la juventud de Francisco. Es una escuela, una vez más, de niños inmigrantes cuyos padres han llegado de Bolivia y Paraguay y se asentaron en un rudo barrio bajo cercano.

Domínguez le escribió a Francisco en feberero con la esperanza de atraer su atención sobre la urgente situación financiera de la escuela en un momento en que el gobierno de la ciudad estaba recortando presupuesto y más padres de clase media enviaban a sus niños a escuelas privadas -y parroquiales. Para su sorpresa, Francisco le respondió una semana después, enviándole una carta de media página escrita a mano en papelería del Vaticano.

“Esa gloriosa escuela pública -¡y gratuita!!”, escribió, con dos signos de exclamación que demostraban sin ambigüedades apoyo a su causa.

Él no estaría para celebrar el centenario de la escuela, pero le dijo que “mi corazón estará justo ahí contigo”.

“Estoy a tu servicio”, escribió Francisco, “reza por mí”.

Publicado por

Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez

De vez en cuando reapareces. Esperas a que esté distraída, me acechas como un recorte amarillo que no sé de dónde saqué y entonces reapareces, sólo en ciertas ocasiones, precisamente cuando creo ya no extrañarte, me acompañas por breves instantes y de inmediato te disuelves, te haces espuma callada... Puede que siempre estés ahí y yo ni siquiera te note.

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